lunes, 26 de abril de 2010

La Gran Dama se perfuma



1928


Nicolás Mihanovich, un soñador húngaro radicado en las costas de nuestro país elije un terreno sobre la perfumada costa del Río de la Plata, plasmada de los azules y azafrán de las fragantes flores de las centáureas y las artemisas, para erigir su sueño: una torre de 20 pisos, que fuera la más alta de la ciudad, desde la que se pudiera ver la misteriosa y ancestral ciudad de Colonia, que desde hace un par de siglos flota en el horizonte del Río iluminando la noche porteña como un lejano fantasma.

El sueño comprendía un parisino “Cul de Sac” para comunicar los tres edificios, dos al frente y al fondo una torre piramidal de 80 metros que remataría en oficina, mirador y faro para controlar su flota de barcos cruzando el río; y un importante portón de gruesas y trabajadas rejas que custodiaban la calle privada.
El arroyo que serpenteaba poblando de malezas, hierbas y flores perfumadas sus laderas hasta llegar al Río de la Plata, era ya a esa altura de nuestra historia sólo un recuerdo, ahora lo reemplazaba una pequeña calle, tan serpenteante como el arroyo, pero de aromas mucho más citadinos.









1998

En el centro mismo de la Ciudad de Buenos Aires, una antigua residencia duerme una larga siesta en uno de los rincones más emblemáticos de la ciudad, en la curva del antiguo cauce que ya recibe oficialmente por ello el nombre de Calle Arroyo

Detrás del enorme portón de elaboradas rejas se extiende la callecita interna, hoy solitaria colectora de una letanía de aromas de tiempo.

Allí las hojas encuentran refugio en el otoño, y el aroma a verde se vuelve dorado y seco; la lluvia se resguarda en remolinos de viento y gotas perfumadas; los años pintan su pátina inclemente en grises paredes que ocultan hasta aquel viejo mirador en el que su dueño oteaba el horizonte, desde la parisina Buenos Aires hasta la mítica Colonia en las costas uruguayas.
Al final del pasaje todavía se erige la torre, hoy solitaria espectadora de los curiosos que nos detenemos frente al viejo portal a mirar, oler, soñar, porque una ciudad que se respira queda en la memoria para siempre… la calle Arroyo recopila magia y el olvidado pasaje privado para carruajes es el refugio obligado de los perfumes que despiertan su nostalgia.

2001

Pero en este año, casi todo cambia, y amparada por una de las mejores cadenas hoteleras del mundo, la vieja residencia decide sacudir su modorra y despierta del largo letargo convertida en unos de los hoteles de lujo más sofisticados que ha visto nuestra siempre curiosa ciudad. La callecita interna se transformó en Lobby, y el mirador es una suite, sus ventanas recordando antiguos placeres curiosean todavía la lejana Colonia…
Pero estos datos no bastan para su director, un francés que quiere plasmar un viejo sueño: que todo el hotel (sus 20 pisos) luzcan como una gran dama con un seductor y único perfume, tan exclusivo como el lugar en el que habitará.





… perfumando a “La Gran Dama”


Fui convocada en esa instancia y en ese desafío: dotar a una gran dama de su sello personal. Debía ser recatado pero impactante, suave pero persistente. Diferente pero familiar, dar sensación de cobijo en el destemplado invierno porteño, pero al entrar en el denso verano citadino era necesario remarcar sus notas frescas. Debía reflejar su ascendencia francesa, pero su asentamiento en tierras sudamericanas. Conformar la impronta ocurrida en el Oriente por su director pero también su back ground francés. Debía “oler” a tradición pero no a viejo, ni femenino ni masculino, clásico y heterogéneo.

Mi atelier se ubica en una calle del barrio antiguo de la ciudad, plena de adoquines y árboles, en primavera es singularmente sombreada, y los fines de semana es en particular solitaria. Allí me recluí.

Más de una jornada me senté frente al “Órgano”, mesa de trabajo de los maestros perfumistas, que contiene en promedio unas 400 materias primas básicas, y que lleva igual nombre que el que acaece las músicas de las catedrales.

Elaboré algunas muestras, pero ninguna llegaba a cumplir los requisitos de la Gran Dama: muy frescos ó muy dulces, muy “fougere” (musgos) ó demasiado “Chypres” (floral agreste) tan modernos, ó demasiado formales. Descarté una a una, gran variedad de materias primas y muestras en estadíos iniciales, hasta que una solitaria mañana de sábado cuando el sol jugaba a las escondidas con los frondosos fresnos, como cuando un músico ensaya en su pentagrama vacío el mejor combinar las “notas” de una nueva sinfonía, un “do, re, mí” de aromas encontró el arpegio exacto:

“El perfume sólo obtendría su identidad si la torre era tratada realmente como una Dama, muy fina, culta, decorosa, hasta vergonzosa en su exhibición, vestida de autor, sedas y brocatos”

No se usarían máquinas par no dañar la imagen visual, se perfumaría dándole al hotel realmente el tratamiento que se la da a la piel humana, como a una mujer de piel sedosa, a mano en los rincones estratégicos, donde el calor hiciera brotar con más fuerza el perfume.


Para las
Notas de Salida, acordes muy frescos debían fugarse de los fragancieros en gotas de Lima del litoral argentino y Flores de Azahares de la misma tierra colorada que aportaría pasión y el rastro de centenarios cultivos de Té.

El Corazón del Perfume, sería una muy francesa Verbena, que en el Noroeste Argentino tiene su prima hermana en el Cedrón; para unir ambas imágenes de “Touche” francés hermanado a la tierra sudamericana, usaríamos pues el cedrón que ocuparía a partir de ese momento el centro de la sinfonía.

Notas de Base: todo ese volátil conjunto necesitaba echar raíces firmes que sostuvieran las primeras notas y las extendieran en el tiempo. Era necesario para ello, un buen fijador pero como perfumista siempre me he negado a usar productos animales y los directivos del hotel no querían productos sintéticos.

Se resolvió con Maderas Autóctonas de suaves notas dulces y aterciopeladas de Guayaco (un raro árbol de las selvas norteñas de nuestro país, que reciben el nombre de Impenetrable y donde todavía habitan grupos aborígenes) y el no menos “Seda y Satén” de un Sándalo de la India natural.

Todo sería suavidad, dulzor, sentidos atraídos y serenados, tocados, conducidos, incentivados.

Se hizo una primara prueba. Como todo buen perfume, una gotas apenas en una “mouillette” (lo que usualmente llamamos “tiritas”), un rincón de sedas, un sillón de brocato, unas flores secas en un antiguo potiche de plata, unas gotas al aire. No hubo una sola persona que pasara indiferente. Habíamos logrado el afán.

La concentración que se usó fue de Eau de Parfum, con alcohol de triple destilación para eliminar todo posible rastro de olores químicos y etílicos.

Las notas del Cedrón llevaron al ambiente las interminables llanuras de la Puna del Noroeste Argentino, con su tierra de siete colores y sus agrestes montañas donde el Cedrón inmiscuye sus hojas de verde esmeralda desafiando el sol que arde en incontable horas por los senderos cansinos y silenciosos del último Inca.

Nunca fue fácil para el director el nombre de “Cedrón”, por lo que la rebautizó con la más mundana Verbena, en realidad hoy (y aunque el director siguió su camino de mundos diferentes por otras latitudes) todos la llamamos de ese modo.

… a veces, como cuando yo me detenía frente a aquel pasaje a curiosear aromas del tiempo sin tiempo, nuestra Verbena se escapa del pórtico y forja pequeños paseos por la memoria de la calle, de la curva, y del arroyo.


Hoy, como cuando fue creada hace seis años, sigue conmoviendo los sentidos.

Liliana Pagnotta es Maestra Perfumista, está especializada en Té, dirige Arkadia, Atelier de Aromas y Sabores de Autor, escribe artículos sobre estos temas en publicaciones especializadas en moda y tiene editados 4 libros.
Se agradece la colaboraciòn del hotel Sofitel Buenos Aires, en el suministro de las fotos de época.